Lástima.

Generalmente escribo bien únicamente en una situación. Esta no es una de ellas.

Cuando mis sentimientos están activos. Ya sea cuando estoy enamorado, triste, emotivo, enfadado, o con el corazón roto. Por desgracia, creo que va a pasar tiempo hasta que escriba uno de esos textos buenos, en los que te paras a leer de nuevo ese párrafo redactado con buen gusto. Dos veces, lo lees dos veces más. Y te sigue gustando. Muchas veces escribo cosas que siento fuertemente. Mucho tiempo después, inundan la pantalla del ordenador.


Algunas te hacen sentir un escalifrío. Otras, llegan a tocarte.

Las ideas son imágenes atenuadas de las impresiones. Impresiones, sensaciones; ideas, recuerdos.
En sueño se viven, no sólo se recuerdan.
Momentos en los que suspirar te hace sentir y revolverte por dentro. Los cinco sentidos hacen un amago de reactivación en un intento de sentir lo que está guardado en la memoria. Lo que de verdad hace daño es que lo consiguen. Casi logras volver a estar ahí, en ese preciso lugar, en ese preciso instante.
Sabes con certeza que esta reminiscencia un día no iniciará ninguna sensación. Serán memorias para siempre archivadas en la biblioteca de tu vida con un número de serie reflejo de una fecha y una marca que destaque el libro entre todos los demás.

Cuántas lágrimas y alegrías encerradas en letras. Cuánto dardo de palabras, tirado a matar, tanto, tantísimo. Cuántas afirmaciones, predicciones, que se han tornado realidad.

Después de tanto tiempo, algunas cosas que he escrito llegan a hablarme de nuevo. Como un sentimiento guardado en un cajón y bajo llave que sacas años después. Al que limpias el polvo de un soplido y observas después.

Y, en ese momento, te devuelve la mirada.

Lo único que hecho verdaderamente de menos es escribir así. Poder escribir algo así. Como antes.

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