Ya se respira verano

No por arrancar la página de mayo del calendario se empieza a respirar la temporada estiva.

El verano también se siente. Y no en la piel, según aumenta la temperatura o hay más días soleados que de costumbre, lo que viviendo en Canarias ya es decir. El verano no es solo calor, exámenes finales, vacaciones y tiempo libre.

Hay algunos veranos que son algo más. Y ese más sólo lo siente cada uno.


Este parece uno de ellos. Este va a ser otro Verano.

Lástima.

Generalmente escribo bien únicamente en una situación. Esta no es una de ellas.

Cuando mis sentimientos están activos. Ya sea cuando estoy enamorado, triste, emotivo, enfadado, o con el corazón roto. Por desgracia, creo que va a pasar tiempo hasta que escriba uno de esos textos buenos, en los que te paras a leer de nuevo ese párrafo redactado con buen gusto. Dos veces, lo lees dos veces más. Y te sigue gustando. Muchas veces escribo cosas que siento fuertemente. Mucho tiempo después, inundan la pantalla del ordenador.


Algunas te hacen sentir un escalifrío. Otras, llegan a tocarte.

Las ideas son imágenes atenuadas de las impresiones. Impresiones, sensaciones; ideas, recuerdos.
En sueño se viven, no sólo se recuerdan.
Momentos en los que suspirar te hace sentir y revolverte por dentro. Los cinco sentidos hacen un amago de reactivación en un intento de sentir lo que está guardado en la memoria. Lo que de verdad hace daño es que lo consiguen. Casi logras volver a estar ahí, en ese preciso lugar, en ese preciso instante.
Sabes con certeza que esta reminiscencia un día no iniciará ninguna sensación. Serán memorias para siempre archivadas en la biblioteca de tu vida con un número de serie reflejo de una fecha y una marca que destaque el libro entre todos los demás.

Cuántas lágrimas y alegrías encerradas en letras. Cuánto dardo de palabras, tirado a matar, tanto, tantísimo. Cuántas afirmaciones, predicciones, que se han tornado realidad.

Después de tanto tiempo, algunas cosas que he escrito llegan a hablarme de nuevo. Como un sentimiento guardado en un cajón y bajo llave que sacas años después. Al que limpias el polvo de un soplido y observas después.

Y, en ese momento, te devuelve la mirada.

Lo único que hecho verdaderamente de menos es escribir así. Poder escribir algo así. Como antes.

Buenas noticias.

Todo marcha como debe.

Parece que todo vuelve al "ciclo bueno". Cambia la actitud que tomo ante los demás, que es mucho más amigable y menos gilipollas y sobrada (para mis estándares). Dentro de mis esquemas mentales, he vuelto a la situación que tenía cuando empecé el "ciclo malo". Es decir, invierno 2008. El famoso viaje a Valencia que precedió al cambio.

No he sufrido un cambio radical en lo que respecta al aspecto: he perdido unos 8kg, y ahora llevo las camisas por dentro, que no se me marca la curva de la felicidad. De pantalones he bajado 2 tallas. De una 36 normalita (Valencia 2011) he pasado a una 32 ajustada, o más bien a una 33 normalita —sí, existe la 33— (Valencia 2008).

Ha sido simplemente animarme a salir más de mi casa, aislada en el quinto pino y sin absolutamente nada en las cercanías digno de mencionar. No salir a secas, sino ir al gimnasio. Los primeros días fueron desastrosos, parecía que había perdido fuerza y que estaba más «fofo». Nada que durase mucho: ahora mismo estoy al mismo nivel que en la «buena temporada». Puedo correr de forma indefinida sin cansarme prácticamente, levanto el mismo peso que hace años. En piernas, por ejemplo, levanto un poco más de dos veces el peso de los primeros días. Un huevo, vamos.

A pesar de que he de reconocer que me he tomado una semana y un par de días de pausa, he cumplido sin faltas a mis compromisos con el gimnasio y, más importante, con la dieta. Que la grasa no se baja sola, y que hay que tener cuidado con la dieta que uno hace, no vaya a estar perdiendo agua y músculo...
Esto es lo más complicado de la historia. La dieta. Un concepto que en mi casa se escucha mucho, y que se aplica poco. Según la que hice hace ya unos cuatro años —como pasa el tiempo...—
, uno ha de comer todo tipo de alimentos proteicos en cantidades libres, y restringir los hidratos de carbono a aquellos que proporcionan las frutas, las verduras, y una pizca de pan a la semana. Vamos, que nada de pasta, legumbres, harina, azúcares y demás.
Y aquí es donde viene el problema. Si no puedo comer estas cosas, tengo que tirar de «lo bueno», léase carne, pollo, pavo, pescado, embutidos en general (y si es con poca grasa, mejor).

La gente no es tonta, y si puede pegarse un filete en lugar de un plato de pasta, se lo pega sin dudar.

En definitiva: todos comen lo que está en mi dieta, que es lo primero que desaparece de la nevera. Y yo no puedo comer las cosas que no están en la dieta, cosa que los demás sí pueden hacer. Al final me encuentro con que mi comida dura tres días, porque todo cristo ha engullido lo que debería comer yo. Los demás no tienen problema, total, el cuarto día siempre pueden comer lo que encuentren.

Cosas que cambiarán cuando esté en Ginebra, supongo.

Y así, entre una cosa y otra, llevo una semana y poco sin dieta. Intentando limitar los hidratos de carbono después del almuerzo, pero sin dieta al fin y al cabo. Y sin gimnasio. Si sólo fuera una de las dos... ☺

Una cosa que parece tan estúpida y banal como perder 8 kg y bajar dos tallas me ha servido para cambiar bastante. Cambiar mi actitud, más que nada. No sólo lo he notado yo. Parece que estoy menos «cabreadizo» que antes, y que hay más «buen rollo» que hace unos meses. Me meto con menos gente, y generalmente exteriorizo menos la mala leche.

Resumiendo

Estoy contento. He cambiado y estoy cambiando. Estoy volviendo a ser como era antes, hace dos años. Comienza, ahora mismo, una gran temporada.