Casualidades y cambios.

Empiezo esta entrada cuando no son ni las diez de la mañana. He tenido la mala suerte de coger un feo virus de estómago a saber dónde. Fiebre, dolor de cabeza y de estómago, poco apetito y ganas de hacer nada. Anoche me fui a dormir a la una de la madrugada, después de haberme despertado a las cinco de la tarde —apenas ocho horas en planta— para ir al médico a ver qué cojones me pasaba. Sospechaba ya que me había vuelto la dichosa enfermedad del beso, que sufrí hace casi exactamente un año. Casi los mismos síntomas.

Como el querido dolor de estómago hace complicado el dormir, me he puesto a pensar en la cama. Como solía hacer hace tiempo. Mientras tanto, el dichoso virus parecía que me agarraba el estómago, me lo estiraba por dentro y se iba. Así cada ciertos segundos. Jodido, pero soportable. No está mal como autocastigo por lo gilipollas que he sido.

El querido bichito de procedencia desconocida me hace comer poquísimo. En tres días he comido dos manzanas, tres papas guisadas y un poco de jamón. También tres pizcas de pollo y pimientos. Vamos, que prácticamente cero. Pierdo peso a un ritmo interesante, de aproximadamente un kilo al día. Un punto positivo del bichito. Quizás pueda llegar a un trato, le dejo estar unos 5 días más dándome la tabarra a cambio de seguir adelgazando a este ritmo. Jode, oye, pero no hay ganancia sin sacrificio.
Recordando, tumbado en la cama, lo poco que estaba comiendo, empezó uno de esos procesos mentales extraños que te hacen relacionar la menos interesante de las estupideces con otros asuntos más relevantes. Y volvió la dichosa teoría de los ciclos.

Y recordé.

Decidí levantarme y comenzar a escribir lo que pensaba, para no olvidarme de ello. Así que comienzo a hacerlo en esta entrada, entre interrupciones de queridos familiares que entran en la habitación para interesarse por mí y por cómo estoy —hasta aquí bien— pero que me acaban cortando de raíz la concentración que tenía escribiendo cuando ya dejan de querer saber cómo estás y piden ver las noticias de lo que está pasando en Libia, Japón o Botsuana. Y aquí ya tocan mucho los cojones.

Hace dos años, fue carnavales, 2009. En vez de ir a Valencia, como este año, recuerdo que fui con mi familia a la casa que tenemos en el sur de la isla, donde siempre lo paso horriblemente mal gracias a su situación ligeramente aislada. Se puede ver cómo iban las cosas en algunas entradas del blog. Blog que, por cierto, parece que llevaba otra persona completamente distinta a la que escribe estas líneas. Una persona mucho más cálida, enamoradiza, idealista, animada. Una persona mejor, sencillamente.
En ese momento, no sé todavía por qué, empecé a cambiar. Poco a poco, lentamente. De forma tan sigilosa que es imposible percatarse del cambio a no ser que se compare el punto inicial y el final. Marzo 2009 y marzo 2011. Soy otro en muchos aspectos.

Es verdad que la situación no era buena, había ya crisis, y no digo la económica, sino la personal. El rendimiento académico empezó a decaer, al igual que el ánimo. Lo único que parecía subir era mi peso; gracias a los cornetos del Mercadona. Probablemente en alguno de esos días sobrepasé las 4000kcal a la jornada. Y en vez de bajar el peso a ritmo de un kilo por día, como ahora, lo subía.

Empezaba el ciclo malo. 2009-2011. Dos años vacíos, sin apenas nada. Sin la mínima cosa bonita. Nada que ver con los dos años anteriores, el mejor bienio de mi vida, sin duda alguna. Incluso habiéndolo pasado bastante mal en ciertos momentos, el mejor. Lo echo tanto de menos.

Me empecé a olvidar de lo que es querer de verdad. Me empecé a olvidar de cómo se escribe, de cómo se siente y se expresan las cosas. De lo magníficas que pueden ser las cosas, hasta cuando lo estás pasando mal. Empecé a olvidarme de lo que son las lágrimas. Las miradas de verdad, aquellas que penetran y te llegan hasta lo más hondo.

Han tenido que pasar dos años para darme cuenta. Mucho tiempo. Dos años en los que todos hemos cambiado. Dos años en los que, sin saberlo, siempre he querido.

Ahora, invirtiendo la peor de las tendencias, comienzan dos años magníficos. No me queda otra. Espero que en seis meses escriba de nuevo diciendo «me gusta lo que hago, lo que soy, y lo que vivo».

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