Medidas excepcionales.

Grandes problemas, fuertes medidas.

Por eso, a partir de ayer día 21, ante el temor de irme de Erasmus con demasiados kilos de más, de llegar al verano pareciéndome más a un personaje de Verano Azul que de O.C., y por la putada que es ponerse una camisa y ver que no sólo son botones lo que sobresalen, he decicido:

- No volver a salir de mi casa en actividades de ocio nocturno que puedan estar relacionadas con el consumo de comida o bebida no adecuada para la pérdida de peso, sin excepción. Hasta que mi IMC vuelva a ser inferior a 24,5; o en otras palabras, vuelva a estar dentro de un peso que se considere «normal» por estadística. El peso que he de alcanzar para reanudar mis actividades nocturnas será de 84,8 (empty). La superación de los 86kg harán que vuelva a ser aplicable la restricción.

El objetivo final es llegar a bajar de los 80kg para agosto, como tarde.

Estando malo he logrado bajar seis kilos en cinco días. Estando a dieta, el objetivo es bajar uno por semana de media, de forma que pueda alcanzar el objetivo en aproximadamente 10-12 semanas; de 3 a 4 meses, de aquí a junio-julio. Si no se empieza ya, sencillamente no se llega.

Lo pongo aquí para que quede constancia.

Casualidades y cambios.

Empiezo esta entrada cuando no son ni las diez de la mañana. He tenido la mala suerte de coger un feo virus de estómago a saber dónde. Fiebre, dolor de cabeza y de estómago, poco apetito y ganas de hacer nada. Anoche me fui a dormir a la una de la madrugada, después de haberme despertado a las cinco de la tarde —apenas ocho horas en planta— para ir al médico a ver qué cojones me pasaba. Sospechaba ya que me había vuelto la dichosa enfermedad del beso, que sufrí hace casi exactamente un año. Casi los mismos síntomas.

Como el querido dolor de estómago hace complicado el dormir, me he puesto a pensar en la cama. Como solía hacer hace tiempo. Mientras tanto, el dichoso virus parecía que me agarraba el estómago, me lo estiraba por dentro y se iba. Así cada ciertos segundos. Jodido, pero soportable. No está mal como autocastigo por lo gilipollas que he sido.

El querido bichito de procedencia desconocida me hace comer poquísimo. En tres días he comido dos manzanas, tres papas guisadas y un poco de jamón. También tres pizcas de pollo y pimientos. Vamos, que prácticamente cero. Pierdo peso a un ritmo interesante, de aproximadamente un kilo al día. Un punto positivo del bichito. Quizás pueda llegar a un trato, le dejo estar unos 5 días más dándome la tabarra a cambio de seguir adelgazando a este ritmo. Jode, oye, pero no hay ganancia sin sacrificio.
Recordando, tumbado en la cama, lo poco que estaba comiendo, empezó uno de esos procesos mentales extraños que te hacen relacionar la menos interesante de las estupideces con otros asuntos más relevantes. Y volvió la dichosa teoría de los ciclos.

Y recordé.

Decidí levantarme y comenzar a escribir lo que pensaba, para no olvidarme de ello. Así que comienzo a hacerlo en esta entrada, entre interrupciones de queridos familiares que entran en la habitación para interesarse por mí y por cómo estoy —hasta aquí bien— pero que me acaban cortando de raíz la concentración que tenía escribiendo cuando ya dejan de querer saber cómo estás y piden ver las noticias de lo que está pasando en Libia, Japón o Botsuana. Y aquí ya tocan mucho los cojones.

Hace dos años, fue carnavales, 2009. En vez de ir a Valencia, como este año, recuerdo que fui con mi familia a la casa que tenemos en el sur de la isla, donde siempre lo paso horriblemente mal gracias a su situación ligeramente aislada. Se puede ver cómo iban las cosas en algunas entradas del blog. Blog que, por cierto, parece que llevaba otra persona completamente distinta a la que escribe estas líneas. Una persona mucho más cálida, enamoradiza, idealista, animada. Una persona mejor, sencillamente.
En ese momento, no sé todavía por qué, empecé a cambiar. Poco a poco, lentamente. De forma tan sigilosa que es imposible percatarse del cambio a no ser que se compare el punto inicial y el final. Marzo 2009 y marzo 2011. Soy otro en muchos aspectos.

Es verdad que la situación no era buena, había ya crisis, y no digo la económica, sino la personal. El rendimiento académico empezó a decaer, al igual que el ánimo. Lo único que parecía subir era mi peso; gracias a los cornetos del Mercadona. Probablemente en alguno de esos días sobrepasé las 4000kcal a la jornada. Y en vez de bajar el peso a ritmo de un kilo por día, como ahora, lo subía.

Empezaba el ciclo malo. 2009-2011. Dos años vacíos, sin apenas nada. Sin la mínima cosa bonita. Nada que ver con los dos años anteriores, el mejor bienio de mi vida, sin duda alguna. Incluso habiéndolo pasado bastante mal en ciertos momentos, el mejor. Lo echo tanto de menos.

Me empecé a olvidar de lo que es querer de verdad. Me empecé a olvidar de cómo se escribe, de cómo se siente y se expresan las cosas. De lo magníficas que pueden ser las cosas, hasta cuando lo estás pasando mal. Empecé a olvidarme de lo que son las lágrimas. Las miradas de verdad, aquellas que penetran y te llegan hasta lo más hondo.

Han tenido que pasar dos años para darme cuenta. Mucho tiempo. Dos años en los que todos hemos cambiado. Dos años en los que, sin saberlo, siempre he querido.

Ahora, invirtiendo la peor de las tendencias, comienzan dos años magníficos. No me queda otra. Espero que en seis meses escriba de nuevo diciendo «me gusta lo que hago, lo que soy, y lo que vivo».

Changing.

Pensaba que había ya llegado a un punto en el que mi personalidad se estaba comenzando a fijar de una vez por todas, aunque no sea tan viejo. Hace apenas cuatro horas, regresé de Valencia después de dos años y dos meses sin ver a muchos amigos. Vengo con apenas dos lecciones aprendidas, pero mucho material para, después de tanto tiempo sin hacerlo, meditar un poco y escribir en el blog de paso. Aunque al final apenas tres personas lean esto, el escribir lo que pienso es una gran ayuda para darle vueltas a las cosas, para pensar.

No sé si la mayor razón para estar ahora así, pensativo, es el viaje a Valencia. Quiero creer que sí, estoy casi seguro. Mirando hacia atrás esos dos años y poco más, veo que he cambiado mucho. No sólo yo lo he hecho, también la gente que quiero. Unos más, y otros menos. Diría que soy de los que más.
A veces pienso que mi vida se puede calcular en ciclos de dos años. Los ciclos buenos y los ciclos malos. Delgado y con kilos de más. Romántico y frío. Lágrimas y mal carácter.

Siempre ciclos. Ciclos grandes de dos años con otros pequeños de corta duración: quizás unos días, una semana. Un viaje. Alguno de estos pequeños periodos es el desencadenante que me hace empezar modificarme hasta incorporarme a un nuevo largo ciclo. Recapitulemos: estamos en el 2011, dos años menos y 2009, dos menos, 2007. Otro y 2005. De atrás para delante tengo uno muy agridulce (2005-2007), uno genial (2007-2009), uno horrible (2009-2011). ¿Por qué? ¿Qué hay detrás de estas fechas y de estos pares de años? ¿Cuáles han sido los eventos que han empezado a cambiarme en cada una de estas fechas? ¿Por qué ha cambiado mi personalidad en los últimos dos años? ¿O por quién? ¿Por qué estos últimos 4 días me he sentido peor por dentro que a lo largo de dos años enteros? ¿Por qué me encuentro fatal ahora?

A veces las lecciones de la vida cambian a una persona. Lo raro es que la cambien volviéndola a un estado previo. Del 2011 al 2009. Hay frases cuyo emisor no es consciente de la fuerza que tienen en a quien van dirigidas. Frases que se te quedan clavadas en la mente; en el corazón. A las que miras pasado tanto tiempo como si hubieran sido ayer, para darte cuenta de que han pasado muchos días y ha llovido mucho desde que se dijo. Hay veces en las que daría lo que fuera por volver atrás, no para no cometer algún error, sino para volver a  disfrutar de momentos. De esos momentos. No se repetirán nunca más, por infinita fuerza que ponga para intentar que así sea.

Shit happens. Life goes on.

Me siento mal. Ojalá pudiera entrar en mi mente y hacer ajustes: borrar aquí, olvidarme de esto, no recordar tanto. Es lo mejor, pasar página. Y no sé por qué no lo hago de una puñetera vez, de una por todas y para siempre. 
Parece que no puedo. Incluso sabiendo que es lo que más conviene, me estoy negando. No me dejo a mí mismo.

Cuando las cosas fallan y tú no tienes la culpa, todo duele más. La coraza que me he creado en estos últimos dos años ha desaparecido en Valencia. Fuego, tocado, hundido. Después de tanto tiempo, de tantos días pasados. Llego, me rompo como antes. Me cae alguna lágrima, recuerdo, sé que todo está perdido. Que aquí no hay nada que hacer. Abandonen el barco, y el capitán se hunde con él.

Supongo que me hace falta tiempo. Tiempo para reflotar la nave, rearmar y zarpar. Tiempo para volver a ser como antes. Pero con algo más de barba.