Un criticón criticando la mediocridad literaria.

He de decir que escribo esta entrada a lo que según mi reloj circadiano son las tres de la madrugada. También, que no soy infalible ni tengo una insuperable calidad al escribir. Que nadie se crea que hablo ex cátedra.

Acabo de leer en una red social que un deportista conocido sólo en su ámbito local ha escrito un libro sobre sus experiencias. No lo he leído —ni pienso hacerlo— pero sí el «prólogo» del mismo. Contenía bastantes errores de forma y expresión —si bien no de ortografía gracias al maravilloso «Word»— como el uso de un infinitivo como verbo principal, en la tan oída e igualmente aberrante costumbre de usarlo al comenzar una frase, pasándose por váyase a saber dónde un par de reglas de la lengua española. Hablo del mítico indicativo fático de los cojones. «Destacar que estos han sido los peores» o, siguiendo el caso que me ocupa, «agradecerles que hayan adquirido». ¿Agradecerles qué? ¿Quisiera? ¿Odiaría? ¿Me duele «agradecerles»?

Prosigue usando construcciones simples, y cayendo en la repetición de palabras. Mi pobre hermano, a quien han suspendido en lengua castellana —nótese que aquí el sujeto no es él— no cometería semejante metedura de pata ni en broma, él es un tío con calidad y tiene un buen puñado de años menos que el «autor» del que hablo. Ese que «crea» estructuras un tanto confusas y con mala puntuación. Pone comas antes de «pero», mas se olvida de usarlas para delimitar marcadores textuales.

No citaré más palabras de este prólogo, excepto «Cada palabra [...] está sacada de mi corazón más que de mi memoria». Amigo, mejor que no saques palabras de tu corazón ni de tu memoria. Al menos todavía no. Lee un poco más, escribe un poco más, y quizás estudia un poco más. Sobre todo, mucho de lo primero, que así se va cogiendo destreza sin percatarse siquiera de ello.

Toca más la moral que, hoy en día, cualquier piltrafa de tres al cuarto se pone a escribir en un periódico o peor, publica algún libro, cuando lo que debería hacer es dejar plumas, bolígrafos y teclados a un lado —y bien lejos— para aprender a redactar algo con una calidad mínima. Un escrito que no parezca elaborado por un alumno de primaria —los míos, en primero o segundo, ya eran buenos para mi edad y posiblemente mejores que algunos de estos— con serias deficiencias educativas.

El problema de esto es que los libros son instrumentos a través de los cuales se difunde lo que se supone que es «cultura». Recordemos que «los malos» suelen ser los que escriben para un público determinado. Casillas escribe para los futboleros; el cocinero, para los que ven su programa en la televisión; el friki de turno, para más frikis; el paranoico o el que ve conspiraciones por todas partes, para los crédulos y los que se dejan manipular con facilidad. Y así, poquito a poco, tenemos pequeños focos de distribución de incultura para todos los gustos, para todos los públicos.
Todos, menos aquellos con cierto nivel educativo en el ámbito literario, o «de letras»; al menos aquellos con espíritu crítico, los que no tienen —o tenemos— reparo en decir que esto o aquello es una mierda y que al autor deberían cortarle las manos para que no escribiese nada más en su vida. Aun so riesgo de caer estos mismos críticos en errores de redacción, uso de préstamos innecesarios y demás meteduras de pata lingüísticas. Claramente éstos nunca serán del calibre de los criticados, ¡faltaría más!

Un punto positivo para el chaval, amago de escritor. «Queridos amigos» precedía a los dos puntos de rigor al comienzo del prólogo, en lugar de la maldita coma que parece estar remplazándolos «gracias» a la influencia de los pérfidos y los yanquis.

Releyendo lo escrito, me he dado cuenta de que es un poquito radical y agresivo. Es igual, me gusta. La agresividad mínimamente refinada queda elegante, con algo de clase. En plan Reverte. :)

Buenas «noches».

Futuro adiós.



Bonita, redonda y pequeña
A veces felicidad me das
o melancolía al dejarte atrás
Tendré alma isleña

Otras aquí me atrapas
y aunque desee escapar
el privilegio no lo vas a dar
Me clavas con grapas

Quitádome ya tres guapas
Cuántas tendrás en la cuenta
siempre vigilándome atenta
Quitas bonitas etapas

Que diecinueve ya tengo,
y por mucho que tú quieras
o mil barreras artilleras
Adios al tuyo realengo


Aquí sigo.

Si tuviese que informar de la situación, me cuadraría y gritaría «sin novedad». En realidad no hace falta ni cuadrarse ni gritar, pero creí que quedaría bien (esta es la típica nota mental de un autor, que no debería escribir pero aun así lo hace).

Sin novedad.

Sin nada especial.


Dicen que cuando uno está en la cima y cae, la caída duele mucho más. Esto no se aplica a mí, pero sí puedo aplicarlo a mi ritmo de vida. Cuando tienes alguna experiencia maravillosa que te afanas por recordar a la perfección, que te hace esbozar una sonrisa cuando la recuerdas; las siguientes experiencias, aunque buenas, podrían quedar eclipsadas por la anterior. Por la estrella.

Y esto es precisamente lo que me está pasando. Una vida buena, pero que ahora mismo no tiene nada de especial. No he vivido en el último año y medio ninguna experiencia que me vaya a hacer sonreír en unos años. Al menos porque hay un par de momentos excepcionales que parecen quitarle interés.

Siempre he dicho que no me arrepiento de haber hecho nada. Absolutamente nada que me pudiera haber hecho de alguna manera algo más feliz de haberse, o no, hecho. Ni tan siquiera intentaría borrar algunos malos ratos. ¿Para qué? Son parte de ti, de tu memoria.

Sin embargo, cuando recuerdo algunas frases, trato de imaginarme qué hubiera pasado si la historia no hubiese continuado como finalmente lo ha hecho.

«Si me hubieras besado aquel día...»


«Yo te quiero y sé que no es un amor falso. Pero... por favor... hazme caso...»


«Me gustaría haberme enamorado de ti»

Tres personas distintas, tres momentos distintos, tres lugares distintos.

Tres memorias. Casi borradas.