I Lodetti (III)

Las famosas cajas selladas.

Con mismo tamaño y con el mismo embalaje era como llegaban todos los días desde la estación. Los números de serie eran siempre consecutivos e iban impresos en aquel albarán adherido al cartón con cinta adhesiva de color blanco y rojo a rayas, alternadas.

Escrito en letra grande y color ocre, encima del receptor del pedido y del espacio para la firma, figuraba un, para Flavio y Fabrizio, sospechoso "GOLDEN SCISSORS, WILLIAMSON & CO."

- ¿Oye Flavio, la abrimos?

- ¿El qué? ¿La caja? ¡Pero tú estás loco! Si esta mercancía no es nuestra...

- Ya... ¿pero no te parece sospechoso que Bonaiuto pida que estas cajas sean entregadas en dirección directamente y que lleven viniendo siempre a lo largo de todos estos años?

- Hombre, sospechoso no... en todo caso curioso - replicó Flavio.

- Golden Scissors... eso de "Golden" me suena mucho. En los cómics del oeste de Pippo siempre hay un cofre que pone "Gold", un cartel que pone "Gold mine"... cosas de estas. Para mí que Gold significa oro, y por consiguiente "golden" tiene que ver con este material, ¿no crees?

- Pues no lo sabia... puede que tenga relación, sí, pero ¿qué quieres hacer?

- Venga, abrámosla. Seguro que hay algo de valor ahí dentro. Diremos que vino alguien y a punta de navaja nos obligó a darle la caja, que la abrió y se largó corriendo...

- Ni que fueran estúpidos, ¿quién va a entrar en el almacén para robarnos una caja?

- Bah, cierto... - Fabrizio se golpeó la cabeza con la palma de la mano abierta dándose cuenta de la mala excusa que se había inventado.

- Vamos a llevarla ya, que nos hemos entretenido aquí ya cinco minutos entre pitos y flautas, que va a venir el cretino del Occhetti y nos va a pillar aquí haciendo el ganso.

- El que estará haciendo el ganso es él - se rió Fabrizio.

Sonó un portazo.

- ¡¡A VER GANDULES!! ¿Qué pasa aquí? ¿De cháchara? - Gritó el "cretino del Occhetti", el adjunto del almacén, quien hasta hace un par de días era otro peón más de la fábrica que como la pareja de amigos se dedicaba a cargar y descargar cajas de los camiones. Lástima que ese aumento en la responsabilidad trajera también un aumento en su antipatía y prepotencia.

Merda... ya nos ha pillado, se nos va a caer el pelo - se atrevió a afirmar en bajo Fabrizio mientras miraba al jefecillo congelado del susto.

- Tú, Lodetti, ¿qué haces agachado con esa caja? - siguió gritando

- Esto... sólo... yo... yo sólo... ehhh... - Balbuceó Flavio

- Perdone señor Occhetti, he sido yo, yo era el que estaba tocando la caja... - surgió Fabrizio en defensa de su amigo

- Olvidad la caja; a ver Lodetti, al despacho de Bonaiuto ya - ordenó el adjunto.

Flavio, quien se erguió tras estar inclinado durante un rato mientras examinaba aquel albarán con palabras en los que ellos interpretaban era inglés, se acercó al "cretino", quien le escoltó hasta las oficinas de la fábrica, donde su propietario tenía su administración.

Tras dos minutos de paseo a través de la textil llegaron a la inmensa sala de costura que inundaba los alrededores con su peculiar traqueteo causado por las máquinas. En esta misma habitación subieron las escaleras de hierro que le conducían a las dependencias, situadas en el interior de la nave industrial donde trabajaban las costureras, aunque a un nivel superior que la zona de trabajo. Al terminar la escalinata, una superficie de hierro se extendía hacia el lateral derecho de las mismas, prologándose hasta el final de la nave.

Era lo que los obreros, de forma cariñosa y un tanto irónica llamaban "Palazzetto Venezia". Desde aquí el señor Bonaiuto se dirigía a los obreros en sus charlas informativas mensuales sobre la situación de la empresa en las que gesticulaba muchas veces exageradamente, agarrándose el cinturón con ambas manos o poniéndose los puños en la cintura cuando respondía a las preguntas de los trabajadores. Tal comol hiciera Benito Mussolini poco más de diez años atrás en "Palazzo Venezia", de ahí el apelativo dado a ese rellano propio de las fábricas de antes de la segunda guerra mundial, como "La Tessile".

Occhetti abrió la puerta que separaba las oficinas del resto de la fábrica.

- Lodetti, entra y deja de mirar abajo - le dijo en voz alta a Flavio, quien se había entretenido observando la inmensa nave industrial desde la parte superior de las escaleras, con la consiguiente buena vista que esto daba.

El de Mantova entró seguido del jefecillo, quien cerró la puerta haciendo que el repetitivo traqueteo desapareciese para dar paso al sonido de las máquinas de escribir, las teclas pulsadas con fuerza y el sonido de campanilla cuando la máquina llegaba al final de la línea.

La gran habitación era iluminada por la luz que entraba a través de las numerosas ventanas laterales, no sin antes filtrarse a través de las persianas interiores de la oficina, que estaba dividida en cuatro despachos y una sala central, desde donde se podían observar los primeros gracias a las finas paredes de madera con cristal en la parte superior que dividían ambas zonas y que era donde ellos es encontraban. En el interior de cada una de las pequeñas salas Flavio podía observar a gente bien vestida que hablaba por teléfono en una, alguien le dictaba unas líneas a su secretaria en otra o se entrevistaba con gente igualmente vestida en la penúltima.


Al fondo del todo se encontraba la dependencia más grande de todas después de la principal. El cartel de la puerta rezaba "Direttore" en blanco con fondo negro. El interior de este despacho sí que no se podía observar. Las persianas no estaban recogidas como en las demás, en este estaban cerradas, dejando pasar únicamente unos tímidos rayos de sol a través de ellas que iluminaban el suelo delante de los pies de Flavio.

- Ya la hemos liado, quién nos mandaría a mirar esa caja... - pensó Flavio Lodetti para sí.

Occhetti tocó dos veces a la puerta, accedió a la dirección y permaneció en ella apenas treinta segundos antes de salir.

- Entra - le ordenó a Flavio

Éste caminó hacia la puerta tímidamente, con la gorra en ambas manos enfrente de su vientre, con actitud subordinada. El adjunto cerró la puerta cuando el mantuano había entrado, quedándose él en el exterior.

- Flavio Lodetti, ¿verdad? - Dijo el señor Bonaiuto mientras se alzaba para darle la mano al obrero.

Iba vestido como siempre, sólo que ahora su gorro descansaba en el perchero adyacente a la puerta junto a su chaqueta, lo que dejaba al descubierto completamente su camisa blanca, y sus tirantes marrones. Fumaba un puro que descansaba sobre un cenicero plateado. Su mesa estaba llena de papeles entremezclados y una taza de café de la que aún surgía vapor del calor del espresso. A sus lados, archivos con algún que otro cajón semiabierto del que salía algún papel en blanco. En definitiva, no era un despacho demasiado ordenado.

- Sí, señor Bonaiuto. Verá usted, se lo puedo explicar, estábamos Fabrizio y yo...

- Ya lo sé, ya lo sé... sé todo lo que habéis hecho, sobran las explicaciones - Interrumpió el director

Flavio tragó saliva. Temía el despido o peor, que le entregaran a i carabinieri por intento de robo.

- Sinceramente no sé qué me habría pasado de no haber sido por vosotros. A pesar de que no creo que hubiera subido el tono de la discusión más aún, hasta el punto de agredirme, las posibilidades existían. Vete tú a saber de lo que habrían sido capaces esos hombres con lo caldeado que estaba el ambiente, ¿verdad Flavio? - continuó Bonaiuto - ¿Un café?

- No... bueno... sí..., sí por favor. - Flavio no se podía creer que se refiriese a aquel suceso de hace un puñado de días atrás que ya casi ni recordaba. No era nada relacionado con las misteriosas cajas "Golden Scissors".

1 impresiones.:

César | 16 de mayo de 2009, 20:22

JA! Sabía que el jefe bueno iba a agradecerle lo que había hecho, eso no podía quedarse así...
Estoy interesado, eh...¿Qué le esperara a Flavio, un ascenso?
¡La respuesta, en el próximo episodio de "Los Lodetti"!