I Lodetti (II)

Comenzaba otra mañana cualquiera.

Como todos los días, la incansable campanilla del despertador hacía salir al "empijamado" Flavio de su profundo sueño a las seis y media de la mañana. Éste, con una gran parsimonia, se sentaba en la cama apoyando los pies en el suelo. Primero el derecho, después el izquierdo.

Estiraba sus piernas ligeramente acercándose a la zona donde solía dejar las zapatillas y posteriormente comenzaba una precisa búsqueda de las mismas avanzando con los dedos de los pies hacia delante hasta que las localizaba. Una vez completada esta tarea se levantaba para después estirarse de una forma que hasta los gatos envidiarían. La espalda hacía resonar un par de chasquidos más propios del crujir de la madera en una chimenea que de unas vértebras.

Salía de su estancia y caminaba a lo largo del pasillo de la casa donde se hospedaba una decena de metroe llegabar al cuarto de baño común. Vaciaba el orinal, se lavaba las manos y después la cara. Tras esto último siempre, absolutamente todos los días, se quedaba de treinta segundos a un minuto mirándose al espejo fijamente. Era como encender su "ordenador de abordo" de una vez por todas mientras se examinaba cada una de las pequeñas manchas oscuras cercanas a la pupila de sus ojos verdes.

Vuelta por el pasillo hasta su habitación, donde se vestía con su traje de faena. Unos pantalones marrón oscuro con un par de parches y algún que otro agujerito; una camisa térmica y encima otra blanca de manga larga. Finalizaba el conjunto con unos zapatos oscuros un tanto desgastados. El otoño milanés no era precisamente cálido y comenzaba a meterse en el ambiente el frescor del invierno que se avecinaba, así que sacó del viejo armario de su habitación su sombrero caqui sin visera cuya parte superior caía hacia delante como si fuera una boina virada noventa grados.

Salía hacia la cafetería de la esquina y Claudio, el encargado del local y hermano del amigo napolitano de Flavio, le invitaba a un café y a un poco de pan con mermelada. A los diez minutos bajaba Fabrizio vestido con un atuendo muy parecido a los de su compañero de trabajo y juntos emprendían la marcha hacia la fábrica mientras hablaban del calor o del frío; de que si Pippo, el hijo de Fabrizio, había cogido un catarro una vez más por quedarse hasta tarde jugando al fútbol con los amigos en aquel solar abandonado; de las cartas que muy de vez en cuando recibía Fabrizio de sus tíos de Mantova...

Para llegar a la Bonaiuto tardaban 20 minutos de lento caminar a través de Sesto San Giovanni, donde circulaban infinidad de rudimentarias camionetas cargadas de madera que sobresalía del techo de los vehículos, con algún metal cualquiera, lo que se apreciaba por ver la carrocería mucho más hundida de lo normal, camiones con letreros en los laterales que rezaban todos "Fabbrica giù, Fabbrica Sù, Fabbrica sì, Fabbrica no"; otros con los laterales pintados del mismo color que el resto del camión, verdes, blancos, grises sobre todo; algunos viejos que dejaban unas grandes nubes de humo negro a su paso, otros que expulsaban gases blancos por su escape, distinguidos por la baja temperatura del aire; algún que otro Fiat Topolino y unos pocos Fiat Seicento propiedad de quienes podían permitirse pagar medio millón de liras por un utilitario.


Entraban en la fábrica por la puerta de entrada de mercancías. Saludaban al supervisor para hacerle saber que habían llegado y comenzaban a descargar el camión de Toni que llegaba de la estación a las siete y veinte de la mañana cargado con diferentes tejidos, estampados, piezas de recambio para las máquinas o pesadas cajas cerradas con un papel blanco y rojo pegado que rezaba algo en inglés que ninguno de los operadores llegaba a adivinar qué significaba. Total, ellos se limitaban a descargar las cajas y a llevarlas al almacén.

Pequeño descanso de veinte minutos, donde alguno que otro aprovechaba para comerse lo que hubiese traído en el típico recipiente metálico de obrero de las películas norteamericanas.

Durante la segunda parte de la jornada su cometido tenía lugar en este ultimo lugar. Otro de los supervisores, el señor Pravettoni, les ordenaba llevar las cajas a distintos lugares de la fábrica dependiendo del código que aparecía en la parte superior de las mismas, el cual había sido escrito por mencionado mando intermedio cuando Flavio y Fabrizio dejaban la mercancía por la mañana. Los tejidos se los llevaban a quienes ellos llamaban "La Befana", una afable señora de pelo ceniza que nunca habían visto de pie. Siempre estaba sentada en su mesa de trabajo llena de alfileres, un par de tijeras largas y puntiagudas y unos libros llenos de modelos de flores y figuras extrañas que con sumo arte y bendita paciencia, cosía en la tela que le traían los dos amigos o la que venía ya tintada del otro extremo de la fábrica. Ella era la encargada de confeccionar los vestidos más exclusivos de la fábrica, los verdaderamente artesanales y los más bonitos.

Las cajas con los estampados las llevaban directamente al taller de costura. Las dejaban dos metros por delante del arco sin puerta que servía de entrada a este área mientras alguna de las chicas que trabajaban más pegadas al acceso volvía el cuello y les sonreía. Vuelta al almacén. Las cajas llenas de recambios y herramientas iban, como no puede ser de otra manera, al área de reparaciones, que alumbraban los pocos rayos de sol que lograban colarse entre unos cristales sucios y por lo tanto traslúcidos a efectos prácticos por efecto del polvo. Un pequeño cuarto lleno hasta el techo de máquinas de coser amontonadas en una esquina donde el "tac, tac, tac" que inundaba la inmensa sala de trabajo de las costureras daba paso a un martilleo constante y al sonido de piezas metálicas chocando entre sí.

Por último, iban a buscar aquellas cajas selladas. Aquí es donde se interrumpió la rutina diaria de Flavio.

1 impresiones.:

César | 15 de mayo de 2009, 17:09

Me acabo de leer los dos de "I Lodetti" (ya me dirás por cierto que significa, pues mis conocimientos en italiano son reducidos y escasos...) y me gusta mucho la forma con la que están escritas. Esas descripciones precisas, a tu manera, pero bien detalladas, más todo el ambiente de la fábrica, el trabajo, me recuerda fuertemente a Germinal, de Zola. Aún así, es una comparación rara, pero no puedo evitarlo, son mis asociaciones de ideas...
Además, acabo de dar la dictadura de Mussolini en Historia, así que me cae bastante bien un texto así...
Reitero, muy bien escrito.