I Lodetti (I)

- Te equivocas. - Giulia pulsó la tecla roja del móvil y lo tiró al suelo.

Alzó la vista hasta encontrar sus ojos llorosos en el reflejo del espejo con forma ovalada del cuarto de baño. Las paredes parecían confundirse con su mirada azul, brillante por las lágrmas que deseaban escurrirse entre sus pestañas para deslizarse sobre sus mejillas.


Silencio casi total. El único ruido lo emitía aquel viejo desumificador de la habitación de sus padres. Ese aparato estaba en el mismo lugar desde antes de que ella naciera, hace ya casi dieciocho años. Y ahí seguía, con ese ronroneo monótono, abstraído de toda realidad como toda máquina.
Se limitaba a aspirar aire a través de sus rendijas negras de plástico y a expulsarlo de nuevo, esta vez seco, llenando poco a poco un recipiente marrón con agua que su padre siempre usaba para regar las flores de las ventanas de la cocina.

Su padre, Carlo. Nació en Milano hace cuarentaiseis años. Hijo de Flavio Lodetti, quien abandonó su Mantova natal y emigró a la capital lombarda al término de la guerra. La caída de la Reppublica Sociale Italiana y el asesinato de Mussolini por los partisanos comunistas marcó un punto de inflexión en la historia italiana. Llegó la que sería la definitiva era democrática para una Italia arrasada de sur a norte por los alemanes, partisanos y fuerzas aliadas que ahora estaba alineada en el bando estadounidense. Las ayudas del plan Marshall reimpulsaron la economía nacional y la industria milanesa. Fue entonces cuando Flavio, quien tenía apenas una veintena de años, emigró a la ciudad donde nacería su hijo Carlo. No tenía nada que perder. Su padre había sido uno de los caídos en la masacre de Cefalonia y hacía ya tiempo que no sabía nada de su madre. Él mismo era su única responsabilidad.

Tuvo la valiosa suerte de ser contratado como peón en una fábrica textil. Su trabajo era bien sencillo: Ir a la estación más cercana a buscar materias primas, cargar el camión y volver a la fábrica. Una y otra vez. En los tiempos libres charlaba con los compañeros de tarea, fumaba cigarrillos americanos que le compraban o brilaban a los soldados americanos estacionados allí y echaba alguna mirada a las chicas del área de trabajo, donde se concentraban todas las sastras provenientes, como los demás peones, de todas las partes de Italia.



Su sueldo era justo. Lo necesario para sobrevivir, unas pocas liras a la semana. No necesitaba mucho más. Vivía en la buhardilla de un edificio semiderruído en Sesto San Giovanni, a medio kilómetro de su lugar de trabajo. Flavio sospechaba que aquel ático estuvo habitado durante un buen tiempo por algún patrón de fábrica de claras tendencias fascistas, dado que la habitación estaba llena de textos sobre el antiguo régimen, discursos de los líderes fascistas y algún que otro libro de economía y administración. Seguramente aquel infeliz habría ocupado la parte alta del edificio cuando vió que el régimen de verdad se estaba desmoronando y los obreros y partisanos empezaban a ganar poder.

Flavio encontró en estos libros sobre la empresa la solución a su eterno aburrimiento. Su actividad cotidiana se limitaba a trabajar, realizar un corto descanso para comer, volver al trabajo y al término de una jornada extenuante y abusiva regresar a casa, algunas veces pasando por algún que otro garito dedicado al estraperlo. Como no abundaba ni la comida ni los lujos en el mercado corriente, uno tenía que recurrir a este tipo de intercambio ilícito para vivir mejor. Era ahí donde compraba las cajetillas de Lucky Strike que después compartía con sus compañeros, especialmente con Fabrizio, un napolitano de su misma edad que había tenido la misma fortuna de participar en una de esas contrataciones masivas de la época que te daban trabajo a cambio de un plato de comida y dos duros mal contados.

Al llegar a lo que él llamaba hogar se ponía a leer. Siempre. Desde que llegó a Milano no conseguía dormirse si se acostaba después de llegar de la fábrica, así que mataba ese par de horas de ralentización del cuerpo devorando páginas y páginas de aquellos libros italianos que narraban la evolución de la economía italiana bajo el régimen fascista de Mussolini, el intento de impulsar la economía del sur de Italia y de estrangular a la mafia, el camino hacia un tejido económico basado en la autarquía después de los embargos impuestos sobre el país tras la invasión de Abisinia...

La rutina se mantendría durante algunos años. A medida que la economía se recuperaba y que bajaba la inflación Flavio se pudo permitir alquilar una pequeña habitación a una familia obrera, a donde se llevó todos sus libros sobre economía, sus pocas prendas de ropa y aquella fotografía de cuando tenía siete años, donde aparecía junto a su padre, el por entonces Sottotenente Lodetti junto a Chiara, su madre. Por detrás, escrito en tinta negra se podía leer "Aprile 1936". Fue en ese mes, en abril de 1936 cuando el padre de Flavio volvió de la campaña de Etiopía. Tuvieron la fortuna de ser retratados en familia por la propaganda italiana a su regreso para publicitar al régimen, ya que por aquel entonces prácticamente nadie disponía de máquina fotográfica. Al verse en el periódico, Chiara recortó la foto y la guardó cuidadosamente en un portarretratos plateado que dormiría a su lado desde que su marido partió hacia Grecia hasta que Chiara, inexplicablemente, desapareció de casa sin dejar rastro ni nota alguna. Sólo aquel retrato.

A pesar de que las jornadas laborales se volvieron menos abusivas con el paso del tiempo y en que aumentó ligeramente el salario y la disponibilidad de bienes, el movimiento obrero seguía causando estragos a los patronos, empresarios que en la mayoría de los casos vivían montados en el dólar a pesar de la triste situación de los peones. Este no era el caso de la "Fabbrica Tessile Bonaiuto". El propietario de la empresa, el señor Bonaiuto siempre se había portado bien con sus empleados y empleadas. Cada mes se dirigía a sus subordinados para comentarles qué tal iba la empresa, en qué fallaba y en qué despuntaba. Explicaba cómo iba la economía de la región y de Italia en general, pedía perdón por la extenuante jornada laboral a la que sometía a sus trabajadores. Ellos, sorprendentemente, lo entendían; quizás fuera la manera de vestir del señor Bonaiuto, nada ostentosa comprada con los demás propietarios de factorías cercanas. Algunos días incluso lucía una gorra más propia de un obrero o militante socialista que de un empresario. Vestía prendas que confeccionaba su propia fábrica, no creía que hubiera razón para comprar ropa si eras propietario de una fábrica como esta.

La crispación, no obstante, existía. Seguramente contagiados por la euforia revolucionaria de otros obreros que se manifestaban en huelga con toda la razón a su favor, un grupo de unos quince peones rodeó al señor Bonaiuto cuando se disponía a salir de la nave industrial. Entre gritos y empujones reclamaban aumento salarial, mayor tiempo de descanso a lo largo de la jornada y un contrato estable. Los intentos del señor Bonaiuto de explicarle la situación a los peones resultaban inútiles, ellos continuaban rugiendo bajo la atenta mirada de las veintena de chicas sastras que había salido de la zona de trabajo para ver qué estaba ocurriendo.



Aquel tumulto llamó la atención de Flavio y Fabrizio, que terminaban, como todos, su jornada a las seis de la tarde. Caminaban hablando del "più e del meno" con un sendos Lucky Strike en la boca cuando presenciaron el especáculo que ocurría a 50 metros de ellos, enfrente de la salida de las oficinas.

- ¿Y eso? - Preguntó Fabrizio

- Pues ni idea... - respondió Flavio, mientras tiraba la colilla al suelo y la pisaba - ¿No distingues quienes son?

- Esa espalda enorme es de Roberto, estoy seguro... y ese otro, el pequeñito, tiene toda la pinta de ser Riccardo. No logro distinguir ni qué es lo que hacen ni quien es el tipo del centro, el de la calva en la coronilla - continuó el napolitano.

- ¿¡ El señor Bonaiuto!? - Exclamó Flavio mientras dejaba su bolsa de trabajo en el suelo y corría hacia la moltitud

- ¿Bon... Bonaiuto? Ma... minchia... ¡espera, espera! - Fabrizio emprendió la carrera tras de su amigo.

Al alcanzar a la aglomeración los calificativos positivos brillaban por su ausencia. A los gritos de "ladrón capitalista", "maldito explotador" los obreros empujaban al empresario, que únicamente lograba decir dos palabras seguidas antes de achantarse ante los agresores.

- Pe...pero señores... por fa...favor, ¿qué... qué me hacéis?

Uno de los líderes del improvisado asalto encaró al señor Bonaiuto y casi escupiéndole en la cara le comenzó a gritar.

- Jodido ricachón, aprovechándote de nosotros y explotándonos como a esclavos... ¡caradura! ¡sinvergüenza! ¡¡LE ESTÁS ROBANDO AL PUEBLO, CERDO!! - chillaba descontroladamente aquel tipo moreno de pelo revuelto y aspecto desaliñado.

Flavio entró a la trifulca interponiéndose entre Bonaiuto y el manifestante exaltado separándo con la mano al intimidado propietario de la fábrica. Casi sin quererlo se convirtió en un improvisado mediador entre patrón y trabajadores.

- ¡Pero vamos a ver! ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es todo este follón? ¿Que hacíais empujando al señor Bonaiuto? - Exclamó Flavio mirando a los obreros directamente a los ojos

- ¡Este tio, que nos tiene aquí explotados! - Gritó uno

- ¡El cerdo capitalista... nos paga una miseria! - Chillaba otro por la derecha

- ¡Seguro que tiene una casa enorme y comida caliente todos los días, ladrón! - Esputaba Riccardo, el pequeñito que distinguió Fabrizio cuando avistó la pelea.

- ¿No os dáis cuenta de lo que hace el señor Boinaiuto por todos vosotros? ¿Le habéis comparado con alguno de los demás propietarios de Sesto San Giovanni? ¿Sabéis las condiciones en las que trabajan los de la Ramaglia? ¿O conocéis cómo trata el Taglieri a los empleados de su metalurgia? Venga chicos, que no es para tanto. Tomad unos cigarrillos y a casa, que os esperan vuestros hijos y mujeres para cenar.

Y la multitud, casi por arte de magia, se dispersó después de hacer desaparecer el contenido de la cajetilla de tabaco de Flavio. Fabrizio, que había presenciado todo desde la periferia del círculo hecho alrededor de Bonaiuto se llevó las manos a la cabeza y suspiró sonoramente al ver alejarse a todos aquellos amotinados.

Flavio dirigió la mirada hacia su amigo.

- Joder, qué tipos más histéricos, ¿verdad? Volvamos a casa, Fabrizio, que se nos han hecho las y veinte y tengo un hambre...

- Sí... volvamos...

Y bajo la atenta mirada del señor Bonaiuto, que no medió palabra y estaba todavía asombrado tanto por la súbita aparición de los manifestantes como por la intervención de Flavio, la pareja de amigos se alejó hasta perderse en una de las esquinas de las calle de la fábrica de Sesto San Giovanni.

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