I Lodetti (IV) `La strage di Cefalonia´

Argostoli, 9 de septiembre de 1943

Así se supone que iba a empezar esta entrada. Mi intención era describir qué había ocurrido con el padre de Flavio, quien como indiqué en la primera parte de la saga de relatos, fue una de las víctimas de la masacre de Cefalonia. Después de haber pensado sobre la que se supone que iba a ser esta parte y al sentarme delante del ordenador a escribir, no sin antes recabar información sobre el suceso, no me siento ni con ganas ni con el coraje suficiente de "simplificar" esta masacre en un relato de ficción, convertir este hecho histórico en mero entretenimiento para mí y para quienes lean estos relatos. Conocía la historia de la división Acqui desde hace bastante tiempo.

Hoy ha sido cuando he ampliado información sobre los sucesos acontecidos en la isla griega en el mes de septiembre de 1943. Tras haberme leído varias páginas sobre el suceso, mi consciencia me ha obligado a cesar de leer; es la primera vez que me pasa.

Basta comentar que tras la partición de Italia en dos, después de la rendición del sector del ejército y del país fiel al Mariscal Badoglio y al Rey Vittorio Emmanuele III y el establecimiento de la Reppublica Sociale Italiana por Mussolini con sede en Saló, algunas unidades del Regio Esercito destinados a las numerosas islas griegas capturadas por los italianos dos años atrás recibieron órdenes contradictorias. Una de estas unidades era la trigesimo tercera división de infantería Acqui, que constaba de unos 11.5o0 efectivos, siendo de estos poco más de medio millar oficiales.

La división, comandada por el general Antonio Gandin había recibió del cuartel general del undécimo ejército italiano el día 8 de septiembre la orden de no entregar las armas a los efectivos de la Wehrmacht con los que compartían la custodia de la isla griega. La jornada posterior la instrucción contradecía la previa: había que rendirse deponiendo las armas. Las unidades italianas, superiores 1 a 5 en número, se encontraban en estado de alerta.
Días después, entre ultimata y ultimata del mando alemán a los italianos, los germanos continuaban recibiendo apoyo.

Una batería de artillería costera italiana avistó dos barcazas alemanas cargadas de suministros, armas y efectivos. Después de un par de disparos disuasorios por parte de los artilleros, la "Kriegsmarine" respondió al fuego. Si aún dudaban los italianos qué hacer, esta incertidumbre en sus mentes se desvaneció con el rugir de los obuses alemanes. Los italianos afinaron la puntería y mandaron a un navío a pique, mientras que el otro se rendía tras hasber sufrido cinco bajas. Los italianos, hartos del saqueo constante, de la falta de respeto, de la actitud soberbia de los alemanes, se negaron a entregar las armas y eran partidarios de, si fuera necesaria, la resistencia armada. El general Gandin se debatía en qué hacer y reunido en consejo de guerra tomaba desiciones poco significativas.

El día 15 de septiembre de 1943, en plena violación de las reglas de la guerra, del honor y de la caballerosidad de cualquier persona que se digne en llamarse hombre, los alemanes pidieron una tregua a las 09:00 que durase hasta las 13:00 del mismo día. El mando italiano aceptó y una hora después se encontró con bombarderos en picado alemanes bombardeando sus posiciones. El Regio Esercito, sin embargo, no recibió ayuda externa gracias a la estúpida burocracia inglesa y la cabezonería e incompetencia de la "Royal Navy", que hizo regresar a dos destructores de la marina italiana que se dirigían a Cefalonia con armas, municiones y tropas para reforzar a la Acqui. Que pese sobre la consciencia de los ingleses lo ocurrido.

No sin antes dar mucha caña a los germanos, aniquilando a un centenar de ellos capturando a casi un millar y habiendo capturado secciones de cañones autopropulsados, la superiodidad aérea alemana se hizo notar, así como la importancia de la ocupación por parte de los alemanes días antes de puntos estratégicos de la isla, los italianos comenzaron a sufrir numerosísimas bajas, muchas de ellas causadas por las tropas de montaña alemanas que asesinaron a centenares de italianos que entregaron las armas con o sin lucha previa, Antonio Gandin decidió que era necesario rendirse, no sin antes decirle a su estado mayor "nos fusilarán a todos".

Y así fue.

Le perdite complessive subite dalla Acqui a Cefalonia ammontano a 9640 uomini.




Más información:
Div. Acqui (IT)
Div. Acqui Cefalonia (IT)
Foro Segundaguerra (ES)
Exordio (ES)

Si la leéis, seguro que comprenderéis por qué, en el último momento, decidí no escribir esta parte de la historia...

I Lodetti (III)

Las famosas cajas selladas.

Con mismo tamaño y con el mismo embalaje era como llegaban todos los días desde la estación. Los números de serie eran siempre consecutivos e iban impresos en aquel albarán adherido al cartón con cinta adhesiva de color blanco y rojo a rayas, alternadas.

Escrito en letra grande y color ocre, encima del receptor del pedido y del espacio para la firma, figuraba un, para Flavio y Fabrizio, sospechoso "GOLDEN SCISSORS, WILLIAMSON & CO."

- ¿Oye Flavio, la abrimos?

- ¿El qué? ¿La caja? ¡Pero tú estás loco! Si esta mercancía no es nuestra...

- Ya... ¿pero no te parece sospechoso que Bonaiuto pida que estas cajas sean entregadas en dirección directamente y que lleven viniendo siempre a lo largo de todos estos años?

- Hombre, sospechoso no... en todo caso curioso - replicó Flavio.

- Golden Scissors... eso de "Golden" me suena mucho. En los cómics del oeste de Pippo siempre hay un cofre que pone "Gold", un cartel que pone "Gold mine"... cosas de estas. Para mí que Gold significa oro, y por consiguiente "golden" tiene que ver con este material, ¿no crees?

- Pues no lo sabia... puede que tenga relación, sí, pero ¿qué quieres hacer?

- Venga, abrámosla. Seguro que hay algo de valor ahí dentro. Diremos que vino alguien y a punta de navaja nos obligó a darle la caja, que la abrió y se largó corriendo...

- Ni que fueran estúpidos, ¿quién va a entrar en el almacén para robarnos una caja?

- Bah, cierto... - Fabrizio se golpeó la cabeza con la palma de la mano abierta dándose cuenta de la mala excusa que se había inventado.

- Vamos a llevarla ya, que nos hemos entretenido aquí ya cinco minutos entre pitos y flautas, que va a venir el cretino del Occhetti y nos va a pillar aquí haciendo el ganso.

- El que estará haciendo el ganso es él - se rió Fabrizio.

Sonó un portazo.

- ¡¡A VER GANDULES!! ¿Qué pasa aquí? ¿De cháchara? - Gritó el "cretino del Occhetti", el adjunto del almacén, quien hasta hace un par de días era otro peón más de la fábrica que como la pareja de amigos se dedicaba a cargar y descargar cajas de los camiones. Lástima que ese aumento en la responsabilidad trajera también un aumento en su antipatía y prepotencia.

Merda... ya nos ha pillado, se nos va a caer el pelo - se atrevió a afirmar en bajo Fabrizio mientras miraba al jefecillo congelado del susto.

- Tú, Lodetti, ¿qué haces agachado con esa caja? - siguió gritando

- Esto... sólo... yo... yo sólo... ehhh... - Balbuceó Flavio

- Perdone señor Occhetti, he sido yo, yo era el que estaba tocando la caja... - surgió Fabrizio en defensa de su amigo

- Olvidad la caja; a ver Lodetti, al despacho de Bonaiuto ya - ordenó el adjunto.

Flavio, quien se erguió tras estar inclinado durante un rato mientras examinaba aquel albarán con palabras en los que ellos interpretaban era inglés, se acercó al "cretino", quien le escoltó hasta las oficinas de la fábrica, donde su propietario tenía su administración.

Tras dos minutos de paseo a través de la textil llegaron a la inmensa sala de costura que inundaba los alrededores con su peculiar traqueteo causado por las máquinas. En esta misma habitación subieron las escaleras de hierro que le conducían a las dependencias, situadas en el interior de la nave industrial donde trabajaban las costureras, aunque a un nivel superior que la zona de trabajo. Al terminar la escalinata, una superficie de hierro se extendía hacia el lateral derecho de las mismas, prologándose hasta el final de la nave.

Era lo que los obreros, de forma cariñosa y un tanto irónica llamaban "Palazzetto Venezia". Desde aquí el señor Bonaiuto se dirigía a los obreros en sus charlas informativas mensuales sobre la situación de la empresa en las que gesticulaba muchas veces exageradamente, agarrándose el cinturón con ambas manos o poniéndose los puños en la cintura cuando respondía a las preguntas de los trabajadores. Tal comol hiciera Benito Mussolini poco más de diez años atrás en "Palazzo Venezia", de ahí el apelativo dado a ese rellano propio de las fábricas de antes de la segunda guerra mundial, como "La Tessile".

Occhetti abrió la puerta que separaba las oficinas del resto de la fábrica.

- Lodetti, entra y deja de mirar abajo - le dijo en voz alta a Flavio, quien se había entretenido observando la inmensa nave industrial desde la parte superior de las escaleras, con la consiguiente buena vista que esto daba.

El de Mantova entró seguido del jefecillo, quien cerró la puerta haciendo que el repetitivo traqueteo desapareciese para dar paso al sonido de las máquinas de escribir, las teclas pulsadas con fuerza y el sonido de campanilla cuando la máquina llegaba al final de la línea.

La gran habitación era iluminada por la luz que entraba a través de las numerosas ventanas laterales, no sin antes filtrarse a través de las persianas interiores de la oficina, que estaba dividida en cuatro despachos y una sala central, desde donde se podían observar los primeros gracias a las finas paredes de madera con cristal en la parte superior que dividían ambas zonas y que era donde ellos es encontraban. En el interior de cada una de las pequeñas salas Flavio podía observar a gente bien vestida que hablaba por teléfono en una, alguien le dictaba unas líneas a su secretaria en otra o se entrevistaba con gente igualmente vestida en la penúltima.


Al fondo del todo se encontraba la dependencia más grande de todas después de la principal. El cartel de la puerta rezaba "Direttore" en blanco con fondo negro. El interior de este despacho sí que no se podía observar. Las persianas no estaban recogidas como en las demás, en este estaban cerradas, dejando pasar únicamente unos tímidos rayos de sol a través de ellas que iluminaban el suelo delante de los pies de Flavio.

- Ya la hemos liado, quién nos mandaría a mirar esa caja... - pensó Flavio Lodetti para sí.

Occhetti tocó dos veces a la puerta, accedió a la dirección y permaneció en ella apenas treinta segundos antes de salir.

- Entra - le ordenó a Flavio

Éste caminó hacia la puerta tímidamente, con la gorra en ambas manos enfrente de su vientre, con actitud subordinada. El adjunto cerró la puerta cuando el mantuano había entrado, quedándose él en el exterior.

- Flavio Lodetti, ¿verdad? - Dijo el señor Bonaiuto mientras se alzaba para darle la mano al obrero.

Iba vestido como siempre, sólo que ahora su gorro descansaba en el perchero adyacente a la puerta junto a su chaqueta, lo que dejaba al descubierto completamente su camisa blanca, y sus tirantes marrones. Fumaba un puro que descansaba sobre un cenicero plateado. Su mesa estaba llena de papeles entremezclados y una taza de café de la que aún surgía vapor del calor del espresso. A sus lados, archivos con algún que otro cajón semiabierto del que salía algún papel en blanco. En definitiva, no era un despacho demasiado ordenado.

- Sí, señor Bonaiuto. Verá usted, se lo puedo explicar, estábamos Fabrizio y yo...

- Ya lo sé, ya lo sé... sé todo lo que habéis hecho, sobran las explicaciones - Interrumpió el director

Flavio tragó saliva. Temía el despido o peor, que le entregaran a i carabinieri por intento de robo.

- Sinceramente no sé qué me habría pasado de no haber sido por vosotros. A pesar de que no creo que hubiera subido el tono de la discusión más aún, hasta el punto de agredirme, las posibilidades existían. Vete tú a saber de lo que habrían sido capaces esos hombres con lo caldeado que estaba el ambiente, ¿verdad Flavio? - continuó Bonaiuto - ¿Un café?

- No... bueno... sí..., sí por favor. - Flavio no se podía creer que se refiriese a aquel suceso de hace un puñado de días atrás que ya casi ni recordaba. No era nada relacionado con las misteriosas cajas "Golden Scissors".

I Lodetti (II)

Comenzaba otra mañana cualquiera.

Como todos los días, la incansable campanilla del despertador hacía salir al "empijamado" Flavio de su profundo sueño a las seis y media de la mañana. Éste, con una gran parsimonia, se sentaba en la cama apoyando los pies en el suelo. Primero el derecho, después el izquierdo.

Estiraba sus piernas ligeramente acercándose a la zona donde solía dejar las zapatillas y posteriormente comenzaba una precisa búsqueda de las mismas avanzando con los dedos de los pies hacia delante hasta que las localizaba. Una vez completada esta tarea se levantaba para después estirarse de una forma que hasta los gatos envidiarían. La espalda hacía resonar un par de chasquidos más propios del crujir de la madera en una chimenea que de unas vértebras.

Salía de su estancia y caminaba a lo largo del pasillo de la casa donde se hospedaba una decena de metroe llegabar al cuarto de baño común. Vaciaba el orinal, se lavaba las manos y después la cara. Tras esto último siempre, absolutamente todos los días, se quedaba de treinta segundos a un minuto mirándose al espejo fijamente. Era como encender su "ordenador de abordo" de una vez por todas mientras se examinaba cada una de las pequeñas manchas oscuras cercanas a la pupila de sus ojos verdes.

Vuelta por el pasillo hasta su habitación, donde se vestía con su traje de faena. Unos pantalones marrón oscuro con un par de parches y algún que otro agujerito; una camisa térmica y encima otra blanca de manga larga. Finalizaba el conjunto con unos zapatos oscuros un tanto desgastados. El otoño milanés no era precisamente cálido y comenzaba a meterse en el ambiente el frescor del invierno que se avecinaba, así que sacó del viejo armario de su habitación su sombrero caqui sin visera cuya parte superior caía hacia delante como si fuera una boina virada noventa grados.

Salía hacia la cafetería de la esquina y Claudio, el encargado del local y hermano del amigo napolitano de Flavio, le invitaba a un café y a un poco de pan con mermelada. A los diez minutos bajaba Fabrizio vestido con un atuendo muy parecido a los de su compañero de trabajo y juntos emprendían la marcha hacia la fábrica mientras hablaban del calor o del frío; de que si Pippo, el hijo de Fabrizio, había cogido un catarro una vez más por quedarse hasta tarde jugando al fútbol con los amigos en aquel solar abandonado; de las cartas que muy de vez en cuando recibía Fabrizio de sus tíos de Mantova...

Para llegar a la Bonaiuto tardaban 20 minutos de lento caminar a través de Sesto San Giovanni, donde circulaban infinidad de rudimentarias camionetas cargadas de madera que sobresalía del techo de los vehículos, con algún metal cualquiera, lo que se apreciaba por ver la carrocería mucho más hundida de lo normal, camiones con letreros en los laterales que rezaban todos "Fabbrica giù, Fabbrica Sù, Fabbrica sì, Fabbrica no"; otros con los laterales pintados del mismo color que el resto del camión, verdes, blancos, grises sobre todo; algunos viejos que dejaban unas grandes nubes de humo negro a su paso, otros que expulsaban gases blancos por su escape, distinguidos por la baja temperatura del aire; algún que otro Fiat Topolino y unos pocos Fiat Seicento propiedad de quienes podían permitirse pagar medio millón de liras por un utilitario.


Entraban en la fábrica por la puerta de entrada de mercancías. Saludaban al supervisor para hacerle saber que habían llegado y comenzaban a descargar el camión de Toni que llegaba de la estación a las siete y veinte de la mañana cargado con diferentes tejidos, estampados, piezas de recambio para las máquinas o pesadas cajas cerradas con un papel blanco y rojo pegado que rezaba algo en inglés que ninguno de los operadores llegaba a adivinar qué significaba. Total, ellos se limitaban a descargar las cajas y a llevarlas al almacén.

Pequeño descanso de veinte minutos, donde alguno que otro aprovechaba para comerse lo que hubiese traído en el típico recipiente metálico de obrero de las películas norteamericanas.

Durante la segunda parte de la jornada su cometido tenía lugar en este ultimo lugar. Otro de los supervisores, el señor Pravettoni, les ordenaba llevar las cajas a distintos lugares de la fábrica dependiendo del código que aparecía en la parte superior de las mismas, el cual había sido escrito por mencionado mando intermedio cuando Flavio y Fabrizio dejaban la mercancía por la mañana. Los tejidos se los llevaban a quienes ellos llamaban "La Befana", una afable señora de pelo ceniza que nunca habían visto de pie. Siempre estaba sentada en su mesa de trabajo llena de alfileres, un par de tijeras largas y puntiagudas y unos libros llenos de modelos de flores y figuras extrañas que con sumo arte y bendita paciencia, cosía en la tela que le traían los dos amigos o la que venía ya tintada del otro extremo de la fábrica. Ella era la encargada de confeccionar los vestidos más exclusivos de la fábrica, los verdaderamente artesanales y los más bonitos.

Las cajas con los estampados las llevaban directamente al taller de costura. Las dejaban dos metros por delante del arco sin puerta que servía de entrada a este área mientras alguna de las chicas que trabajaban más pegadas al acceso volvía el cuello y les sonreía. Vuelta al almacén. Las cajas llenas de recambios y herramientas iban, como no puede ser de otra manera, al área de reparaciones, que alumbraban los pocos rayos de sol que lograban colarse entre unos cristales sucios y por lo tanto traslúcidos a efectos prácticos por efecto del polvo. Un pequeño cuarto lleno hasta el techo de máquinas de coser amontonadas en una esquina donde el "tac, tac, tac" que inundaba la inmensa sala de trabajo de las costureras daba paso a un martilleo constante y al sonido de piezas metálicas chocando entre sí.

Por último, iban a buscar aquellas cajas selladas. Aquí es donde se interrumpió la rutina diaria de Flavio.

I Lodetti (I)

- Te equivocas. - Giulia pulsó la tecla roja del móvil y lo tiró al suelo.

Alzó la vista hasta encontrar sus ojos llorosos en el reflejo del espejo con forma ovalada del cuarto de baño. Las paredes parecían confundirse con su mirada azul, brillante por las lágrmas que deseaban escurrirse entre sus pestañas para deslizarse sobre sus mejillas.


Silencio casi total. El único ruido lo emitía aquel viejo desumificador de la habitación de sus padres. Ese aparato estaba en el mismo lugar desde antes de que ella naciera, hace ya casi dieciocho años. Y ahí seguía, con ese ronroneo monótono, abstraído de toda realidad como toda máquina.
Se limitaba a aspirar aire a través de sus rendijas negras de plástico y a expulsarlo de nuevo, esta vez seco, llenando poco a poco un recipiente marrón con agua que su padre siempre usaba para regar las flores de las ventanas de la cocina.

Su padre, Carlo. Nació en Milano hace cuarentaiseis años. Hijo de Flavio Lodetti, quien abandonó su Mantova natal y emigró a la capital lombarda al término de la guerra. La caída de la Reppublica Sociale Italiana y el asesinato de Mussolini por los partisanos comunistas marcó un punto de inflexión en la historia italiana. Llegó la que sería la definitiva era democrática para una Italia arrasada de sur a norte por los alemanes, partisanos y fuerzas aliadas que ahora estaba alineada en el bando estadounidense. Las ayudas del plan Marshall reimpulsaron la economía nacional y la industria milanesa. Fue entonces cuando Flavio, quien tenía apenas una veintena de años, emigró a la ciudad donde nacería su hijo Carlo. No tenía nada que perder. Su padre había sido uno de los caídos en la masacre de Cefalonia y hacía ya tiempo que no sabía nada de su madre. Él mismo era su única responsabilidad.

Tuvo la valiosa suerte de ser contratado como peón en una fábrica textil. Su trabajo era bien sencillo: Ir a la estación más cercana a buscar materias primas, cargar el camión y volver a la fábrica. Una y otra vez. En los tiempos libres charlaba con los compañeros de tarea, fumaba cigarrillos americanos que le compraban o brilaban a los soldados americanos estacionados allí y echaba alguna mirada a las chicas del área de trabajo, donde se concentraban todas las sastras provenientes, como los demás peones, de todas las partes de Italia.



Su sueldo era justo. Lo necesario para sobrevivir, unas pocas liras a la semana. No necesitaba mucho más. Vivía en la buhardilla de un edificio semiderruído en Sesto San Giovanni, a medio kilómetro de su lugar de trabajo. Flavio sospechaba que aquel ático estuvo habitado durante un buen tiempo por algún patrón de fábrica de claras tendencias fascistas, dado que la habitación estaba llena de textos sobre el antiguo régimen, discursos de los líderes fascistas y algún que otro libro de economía y administración. Seguramente aquel infeliz habría ocupado la parte alta del edificio cuando vió que el régimen de verdad se estaba desmoronando y los obreros y partisanos empezaban a ganar poder.

Flavio encontró en estos libros sobre la empresa la solución a su eterno aburrimiento. Su actividad cotidiana se limitaba a trabajar, realizar un corto descanso para comer, volver al trabajo y al término de una jornada extenuante y abusiva regresar a casa, algunas veces pasando por algún que otro garito dedicado al estraperlo. Como no abundaba ni la comida ni los lujos en el mercado corriente, uno tenía que recurrir a este tipo de intercambio ilícito para vivir mejor. Era ahí donde compraba las cajetillas de Lucky Strike que después compartía con sus compañeros, especialmente con Fabrizio, un napolitano de su misma edad que había tenido la misma fortuna de participar en una de esas contrataciones masivas de la época que te daban trabajo a cambio de un plato de comida y dos duros mal contados.

Al llegar a lo que él llamaba hogar se ponía a leer. Siempre. Desde que llegó a Milano no conseguía dormirse si se acostaba después de llegar de la fábrica, así que mataba ese par de horas de ralentización del cuerpo devorando páginas y páginas de aquellos libros italianos que narraban la evolución de la economía italiana bajo el régimen fascista de Mussolini, el intento de impulsar la economía del sur de Italia y de estrangular a la mafia, el camino hacia un tejido económico basado en la autarquía después de los embargos impuestos sobre el país tras la invasión de Abisinia...

La rutina se mantendría durante algunos años. A medida que la economía se recuperaba y que bajaba la inflación Flavio se pudo permitir alquilar una pequeña habitación a una familia obrera, a donde se llevó todos sus libros sobre economía, sus pocas prendas de ropa y aquella fotografía de cuando tenía siete años, donde aparecía junto a su padre, el por entonces Sottotenente Lodetti junto a Chiara, su madre. Por detrás, escrito en tinta negra se podía leer "Aprile 1936". Fue en ese mes, en abril de 1936 cuando el padre de Flavio volvió de la campaña de Etiopía. Tuvieron la fortuna de ser retratados en familia por la propaganda italiana a su regreso para publicitar al régimen, ya que por aquel entonces prácticamente nadie disponía de máquina fotográfica. Al verse en el periódico, Chiara recortó la foto y la guardó cuidadosamente en un portarretratos plateado que dormiría a su lado desde que su marido partió hacia Grecia hasta que Chiara, inexplicablemente, desapareció de casa sin dejar rastro ni nota alguna. Sólo aquel retrato.

A pesar de que las jornadas laborales se volvieron menos abusivas con el paso del tiempo y en que aumentó ligeramente el salario y la disponibilidad de bienes, el movimiento obrero seguía causando estragos a los patronos, empresarios que en la mayoría de los casos vivían montados en el dólar a pesar de la triste situación de los peones. Este no era el caso de la "Fabbrica Tessile Bonaiuto". El propietario de la empresa, el señor Bonaiuto siempre se había portado bien con sus empleados y empleadas. Cada mes se dirigía a sus subordinados para comentarles qué tal iba la empresa, en qué fallaba y en qué despuntaba. Explicaba cómo iba la economía de la región y de Italia en general, pedía perdón por la extenuante jornada laboral a la que sometía a sus trabajadores. Ellos, sorprendentemente, lo entendían; quizás fuera la manera de vestir del señor Bonaiuto, nada ostentosa comprada con los demás propietarios de factorías cercanas. Algunos días incluso lucía una gorra más propia de un obrero o militante socialista que de un empresario. Vestía prendas que confeccionaba su propia fábrica, no creía que hubiera razón para comprar ropa si eras propietario de una fábrica como esta.

La crispación, no obstante, existía. Seguramente contagiados por la euforia revolucionaria de otros obreros que se manifestaban en huelga con toda la razón a su favor, un grupo de unos quince peones rodeó al señor Bonaiuto cuando se disponía a salir de la nave industrial. Entre gritos y empujones reclamaban aumento salarial, mayor tiempo de descanso a lo largo de la jornada y un contrato estable. Los intentos del señor Bonaiuto de explicarle la situación a los peones resultaban inútiles, ellos continuaban rugiendo bajo la atenta mirada de las veintena de chicas sastras que había salido de la zona de trabajo para ver qué estaba ocurriendo.



Aquel tumulto llamó la atención de Flavio y Fabrizio, que terminaban, como todos, su jornada a las seis de la tarde. Caminaban hablando del "più e del meno" con un sendos Lucky Strike en la boca cuando presenciaron el especáculo que ocurría a 50 metros de ellos, enfrente de la salida de las oficinas.

- ¿Y eso? - Preguntó Fabrizio

- Pues ni idea... - respondió Flavio, mientras tiraba la colilla al suelo y la pisaba - ¿No distingues quienes son?

- Esa espalda enorme es de Roberto, estoy seguro... y ese otro, el pequeñito, tiene toda la pinta de ser Riccardo. No logro distinguir ni qué es lo que hacen ni quien es el tipo del centro, el de la calva en la coronilla - continuó el napolitano.

- ¿¡ El señor Bonaiuto!? - Exclamó Flavio mientras dejaba su bolsa de trabajo en el suelo y corría hacia la moltitud

- ¿Bon... Bonaiuto? Ma... minchia... ¡espera, espera! - Fabrizio emprendió la carrera tras de su amigo.

Al alcanzar a la aglomeración los calificativos positivos brillaban por su ausencia. A los gritos de "ladrón capitalista", "maldito explotador" los obreros empujaban al empresario, que únicamente lograba decir dos palabras seguidas antes de achantarse ante los agresores.

- Pe...pero señores... por fa...favor, ¿qué... qué me hacéis?

Uno de los líderes del improvisado asalto encaró al señor Bonaiuto y casi escupiéndole en la cara le comenzó a gritar.

- Jodido ricachón, aprovechándote de nosotros y explotándonos como a esclavos... ¡caradura! ¡sinvergüenza! ¡¡LE ESTÁS ROBANDO AL PUEBLO, CERDO!! - chillaba descontroladamente aquel tipo moreno de pelo revuelto y aspecto desaliñado.

Flavio entró a la trifulca interponiéndose entre Bonaiuto y el manifestante exaltado separándo con la mano al intimidado propietario de la fábrica. Casi sin quererlo se convirtió en un improvisado mediador entre patrón y trabajadores.

- ¡Pero vamos a ver! ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es todo este follón? ¿Que hacíais empujando al señor Bonaiuto? - Exclamó Flavio mirando a los obreros directamente a los ojos

- ¡Este tio, que nos tiene aquí explotados! - Gritó uno

- ¡El cerdo capitalista... nos paga una miseria! - Chillaba otro por la derecha

- ¡Seguro que tiene una casa enorme y comida caliente todos los días, ladrón! - Esputaba Riccardo, el pequeñito que distinguió Fabrizio cuando avistó la pelea.

- ¿No os dáis cuenta de lo que hace el señor Boinaiuto por todos vosotros? ¿Le habéis comparado con alguno de los demás propietarios de Sesto San Giovanni? ¿Sabéis las condiciones en las que trabajan los de la Ramaglia? ¿O conocéis cómo trata el Taglieri a los empleados de su metalurgia? Venga chicos, que no es para tanto. Tomad unos cigarrillos y a casa, que os esperan vuestros hijos y mujeres para cenar.

Y la multitud, casi por arte de magia, se dispersó después de hacer desaparecer el contenido de la cajetilla de tabaco de Flavio. Fabrizio, que había presenciado todo desde la periferia del círculo hecho alrededor de Bonaiuto se llevó las manos a la cabeza y suspiró sonoramente al ver alejarse a todos aquellos amotinados.

Flavio dirigió la mirada hacia su amigo.

- Joder, qué tipos más histéricos, ¿verdad? Volvamos a casa, Fabrizio, que se nos han hecho las y veinte y tengo un hambre...

- Sí... volvamos...

Y bajo la atenta mirada del señor Bonaiuto, que no medió palabra y estaba todavía asombrado tanto por la súbita aparición de los manifestantes como por la intervención de Flavio, la pareja de amigos se alejó hasta perderse en una de las esquinas de las calle de la fábrica de Sesto San Giovanni.

Ahora sí, ahora no.

Ahora sí:

  • Sacarme el carnet de conducir
  • Sacarme el CPL (Commercial Pilot Licence)
  • Tener, además de voz, voto.
  • Comprar bebidas alcohólicas o tabaco legalmente en la mayoría de países del mundo
  • No depender de los padres para realizar ninguna actividad que requiera su autorización. Se quita burocracia de por medio.
  • Firmar yo mismo el formulario de justificación de faltas del instituto
  • Autoautorizarme en las salidas escolares complementarias
  • Entrar en todos los locales donde tengas que tener 18 o más. Discotecas, pubs.
  • Ser el único responsable de mis actos y sus consecuencias, y por lo tanto...
  • Poder ir a la cárcel
Y seguro que algunas cosas más que se me quedan en el tintero...

Ahora no

  • Podrá ser agravante en un juicio que alguien atente contra mí
  • Me hará demasiado caso el defensor del menor va a pasar un kilo de mí
  • Podré asistir a la mayor parte de campamentos de verano que existen
  • Tendré que mentir sobre mi edad en ningún lado.



JAPI BERSDEI TU MAISELF!

Elige un nombre.

Esta entrada no tiene nombre.

Será sólo una acumulación de ideas que no han pasado por el "procesador" de creación literaria. Pensamientos "crudos".

Podría escribir sobre algunos relatos que creé hace ya medio año, que se dice pronto. No lo haré. Lo considero innecesario, poco productivo a nivel de conclusiones a pesar de que pudiera crear una bonito fin a la historia.

Podría escribir otro relato cortito sobre qué mal se portan mis compañeros de clase cuando hago alguna disertación filosófica en el aula. No lo haré. Principalmente porque no me acuerdo la última vez que fui a clase de filosofía. También podría escribir sobre Kant, el autor del que nos examinaremos dentro de un par de días. Tampoco lo haré. Ni me he mirado los apuntes.

Últimamente estoy soñando mucho con coches. Como ahora me puedo sacar el carnet, el subconciente trata de hacer las prácticas en mi mente y a las cuatro de la madrugada. Quizás me sirva para sacarme el práctico a la primera y con poquitas clases a mis espaldas. Quién sabe.

Ahora que lo pienso (se me acaba de ocurrir hace 10 segundos) le puedo hacer algo de publicidad a César, uno de los "detonantes" de las historias de hace meses, aunque él no lo sepa. Hace tiempo, sus rayadas de cabeza eran un tanto raras. Hablaba de una serie de sucesos paranormales que tenían lugar en un pueblecito de la costa este de EEUU y de las investigaciones de un agente federal para esclarecer los sucesos (a lo Expediente X con monstruos de por medio).

Sinceramente, no me gustaron mucho.

Bueno, no me gustaron nada. Edgar Alan Poe (el de arriba a la izquierda) me parece un colega muy muy colgado y fue él quien inspiró a un tal Lovecraft, que inspiró a su vez a César. Así que el colgado uno colgó al señor dos, ahora colgado dos, que a su vez colgó al señor tres, ahora colgado tres o "el colgado de César".

PERO ahora el hombre se está dedicando a escribir los relatos del capitán de navío Valter Monterroux (a la derecha) y su subordinado Jaques. Ambos navegan L'Entêtée, que por la foto que ha puesto en su blog es una goleta o algo parecido...

Nah, no hay combates, ni tiros, ni abordajes, piratas, corsarios o loros horteras soltando palabrería soez cada dos por tres. Más que relatos de acción o aventura son cómicos. Aunque sea una comedia un tanto amarga en algunos episodios del relato, si tratas de buscar un segundo significado relacionado con un par de temas que ha sufrido el pobre hombre recientemente...

Pues eso, que aquí os dejo con los 3 relatos que lleva de momento:

Travesía por mar y por demencia
Un Agréable Quart d'Heure
Petit Lieu Pour Être Soûl

El blog: http://thedreamsinthewitchhouse.blogspot.com/

César, ahora te paso mi número de cuenta para la transferencia bancaria.