La habitación blanca.

Una mesa color nieve metálico se situaba en el centro de la habitación. A sus lados, dos pequeñas sillas, situadas una enfrente de la otra. La intensa luz que invadía la estancia provenía de las esquinas superiores de las paredes blancas, a pesar de que no se pudiera distinguir ninguna lámpara o ventana desde la que pudiese hacer aparición tanta claridad. Daba la impresión de que los pálidos lados de aquel refugio se fusionaban con el piso, dándole a la sala un carácter místico, casi divino.



Como por arte de magia, de una de las paredes de la habitación comenzó a surgir una luz tan intensa que iluminaba, si cabe, más aún la sala. Dos siluetas se podían distinguir entre el haz, dos siluetas humanas que se acercaban hasta ese portal aparecido de la nada, haciéndose cada vez más evidentes sus rasgos.

La primera en entrar en la sala fue ella, una mujer alta de cabellos color trigo que llegaban hasta la hasta la cintura y ojos verdes que hechizaban cual Sharbat Gula. Vestía un largo traje blanquecino que recordaba irremediablemente a la Galadriel de Tolkien. Caminaba hacia la mesa con armonía, decisión y seriedad en su rostro.

Dos metros por detrás y ligeramente desplazado a la derecha de quien lo precedía estaba él, de facciones y vestimenta sujetas a la imaginación de quien lo visualice, con la cabeza un poco inclinada hacia abajo y los ojos apuntando al fondo opuesto de la habitación, a un horizonte que no existía allá; actitud que junto con la alternancia entre suspiros y párpados que permanecían cerrados más lo que fuera normal sugería una infinita preocupación.
Descalzo, andaba hacia el mismo lugar que ella, sin rezagarse ni acortar distancias.



Se situaron cada uno a un lado del escritorio, en pie, mirándose a los ojos.
La mujer esbozó una pequeña sonrisa con aire de complicidad y a modo de saludo.
La respuesta: el mismo gesto, esta vez más tímido, a la vez que el chico cerraba los ojos y asentía casi imperceptiblemente.

Sin dejar de mirarle a los ojos, ella tomó aire.

- Por favor. - Le indicó al chico, señalando con la mano abierta la silla del lado opuesto.

Ambos tomaron asiento.

- Ha pasado bastante tiempo desde nuestra última vista. Durante todo este periodo te he estado observando con detenimiento, podría estar horas contándote lo que he analizado a lo largo de todos estos años.

- Lo sé, supuse que tras todo lo que hablamos antaño lo harías. - Prosiguió el chico, queriendo transmitir con su cara su gratitud.

- ¿Has actuado así sólo porque sabías que estaría atenta a lo que hacías?

- No, por supuesto que no. Hubo un momento en el que pensé sobre todo lo que me habías dicho, a pesar de que en un principio no pareciera haberte hecho caso y mucho menos actuase acuerdo a tus recomendaciones.

- Me alegro de que así haya sido. Sabes que no hemos terminado, que esta será otra de las muchas reuniones que tendremos a lo largo de la vida. Lo sabes, ¿verdad?

- También lo sé, espero que te equivoques y apenas sean dos las que vayamos a tener. - Prosiguió el chico, mirando ahora hacia la superficie perfectamente pulimentada que tenía delante.

- Te entiendo. Veo que sigues manteniendo esa actitud de "mejor que no me pase nada" aún a costa de no crecer como persona...

- No es esa actitud, aunque se parece. Entiende que te veo casi exclusivamente tras haber empezado a sufrir... y no es que me aperezca mucho el estar sufriendo...

- No retomemos este tema. Hemos hablado sobre esto largo y tendido, y por suerte te he hecho ser consciente de que...

- De que siempre hay que sacar algo bueno de todo. De todo se pueden sacar lecciones que te sirvan para el futuro. - Interrumpió él, alzando de nuevo la mirada.

- Exacto. Un día te oí hablar con un gran amigo tuyo, recuerdo perfectamente que le dijiste que el ser humano era el único animal que tropezaba dos veces con la misma piedra, pero que cuando se tropezaba de verdad, se caía y se hacía daño aprendía mucho si así se lo proponía,teniendo cada vez menos posibilidades de tropezarse a la vez siguiente que se encontrara esa piedra en el camino. ¿Lo recuerdas?

- Lo recuerdo...

- Me alegra mucho ver que este sea tu caso. Te has tropezado muchas veces, pero hacerte daño de verdad en la caída solo una. Ahora has sabido poner el pie tras el tropiezo.

- Puede que estas últimas veces lo haya hecho, pero nunca se sabe si algún día no veré la piedra o no... quién sabe... - El chico suspiró, y la miró brevemente a los ojos, antes de bajar la mirada de nuevo.

- Para eso estamos hoy aquí. Para que en esta caída sepas poner el pie en vez de caerte y hacerte menos daño que la última vez si acabas cayendo. En el futuro esto que estamos hablando ahora te servirá para elegir qué caminos coger y cómo caminar para evitar tropiezos innecesarios.

- Comencemos entonces...

- Empezamos nada más te decidiste aceptar mi invitación para que hablásemos. - La mujer sonrió - Esta vez no te has resistido tanto como la pasada.

- Es cierto... el mero hecho de estar aquí ya ha implicado un aprendizaje, y el haber aceptado el venir posiblemente haya sido una demostración de madurez que no tenía la última vez. - Esta vez el chico mantuvo la mirada fija sobre los ojos verdes que tenía enfrente. Rostro serio.

- Así es. Ya sabes lo que hay ahora mismo. Lo sabemos igual de bien. Te encuentras en una situación parecida a la de antaño, sólo que ahora tienes un bagaje que te ayudará muchísimo en esta ocasión. He venido para que aprendas más todavía, para que elijas los que quieres hacer en este momento aunque ello signifique sufrir.

- Continúa.

- La decisión que tomes hoy será revocable. La podrás abandonar cuando quieras; si no aguantas más y no quieres seguir soportando esa situación, te retractas. Tomas el otro camino y volvemos a hablar... si quieres...

- Entendido... - El chico asintió repetidas veces apretando los labios.

- Entrando ya en materia... - La mujer sacó de la nada un pequeño saquito. Tenía piedras de diferentes colores, texturas y formas. Las dispuso con cuidado en la mesa. Dos filas y tres columnas.

- ¿Qu... Qué son? - Balbuceó el chico, contemplando atónito lo que había hecho ella

- Son elecciones. La última vez no creo que tuvieras la mentalidad necesaria para tomar una. Ahora sí. Hay seis. Coje las que quieras, una, dos, todas o ninguna. Puedes hacer lo que desees con ellas. Usa una ahora y guárdate las demás para después; cógelas todas y usa todas las que sean compatibles... es tu elección. Sólo tuya.

En el rostro del chico se vislumbraba más preocupación que nunca.

- Elecciones. Estoy indeciso.

- Sí, elecciones. Piénsatelo el tiempo que quieras, mas ten en cuenta que lo que tardes en decidirte es restado al tiempo que tienes para llevar a cabo tu decisión.

- Hay tiempo.

Se palpaba intranquilidad en el ambiente. Frío. Silencio absoluto.
Un suspiro. Se miraron a los ojos de nuevo.





Silencio.





El chico tomó aire.

- Sabes, Vida... hay cosas que no se eligen. No se "coge" una decisión. La tomas tú, no te la dan. Estas son las elecciones que te hacen crecer, nadie te tiene que decir "haz esto" o "haz lo otro". Recibe consejos, mira las piedras, piensa. Medita.
Después, deja las rocas en su sitio. Levántate y con la cabeza alta y seguridad en ti mismo, marcha.

- ¿Significa esto que dejarás estos seis elementos aquí, Bruno?

- Sí. Aquí se quedarán.

- ¿Qué vas a hacer?

- Nada de lo que me pueda arrepentir en el futuro. Ser uno mismo. - Dije con una decisión tremenda.

- Me alegra oír eso, no pensaba que lo haría tan pronto. - La mujer no pudo evitar sonreír, sin mostrar euforia pero sí una gran alegría que salía de esos preciosos ojos verdes.

- La decisión está tomada. Volveremos a hablar pronto. - Afirmé, casi preguntando.

- Por supuesto que lo haremos.

Sonreí con los ojos llorosos, transmitiendo con ellos palabras de agradecimiento, complicidad y una extraña mezcla de alegría, tristeza y coraje.

- Bruno, ahora ve.

El chico y la mujer se levantaron a la vez. Avanzaron juntos hacia la luz desde donde habían llegado. En esa ocasión nadie iba adelantado.
Igual que aparecieron, se marcharon... la luz se fue atenuando.

Las piedras habían desaparecido. La mesa y las sillas no estaban. Lo único que quedaba en la estancia era esa luminosidad misteriosa proveniente de las albinas paredes.

Luces fuera.



Volverían pronto a aquella sala.


3 impresiones.:

whina | 25 de noviembre de 2008, 19:37

jope bruno, no sabia que escribías tan bien...
habrá segunda parte?
un beso

LOLA | 27 de noviembre de 2008, 22:33

paz... tranquilidad :)

Anónimo | 25 de enero de 2009, 4:45

Ostras me he quedado anonadada... Cuidate.