Detrás de las paredes...

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La luz dió paso entonces a la oscuridad. Había abandonado ese pequeño refugio de paz del que provenía y donde sólo existía la claridad. Ahora me encontraba aquí.

Todo me resultaba familiar. El aspecto volcánico del paisaje, ese camino lleno de piedras que se extendía hacia el infinito, un viaducto suspendido por una fuerza mágica sobre un mar de lava. Lava que a veces tímidamente soltaba unas burbujas que manchaban el camino como cuando te salpica el aceite ardiendo al echarle agua. Otras veces, desataba su gran furia, bañando la senda con su fuego. ¡Pobre de quien estuviera allí en ese preciso instante!

Recordé las palabras de la mujer de ojos color esperanza justo antes de que desapareciera de mi lado.

- Camina con precaución. Sé ágil superando las rocas del trayecto. No dejes que cuando la lava chispee sobre ti te haga perder el equilibrio o caer, refúgiate por un tiempo si lo consideras necesario. Sin embargo, si es una ola de fuego la que te encuentras muy seguramente no puedas hacer nada. Mantente firme y afronta tu caida hacia la piedra fundida lo mejor que puedas. Cuando estés recuperado, volveremos a hablar. Si dudas, dirige tu mirada hacia el final de la senda. Te ayudará a tomar una decisión sobre qué hacer. Suerte. Hasta pronto.

Me puse en cunclillas, y moví mis manos hacia la barbilla, haciéndola descansar sobre ellas con actitud meditante. Miré hacia la lejanía. Apenas se distinguía un brillor plateado, cuya luz hasta hace no mucho me alumbraba de lleno.



Pasadas unas horas me puse en pie. Era hora de emprender la marcha.
Saqué de un bolsillo de mi camisa la séptima piedra. Aquella roca de cuarzo rosa, el mineral símbolo de tauro y de mayo, que me habían regalado hace años y que nunca se había roto ni fundido por ningún golpe o fuego intenso. Tan sólo mirarla durante una fracción de segundo me dió la fuerza necesaria para dar el primer paso.


Como me había dicho ya Ella, tenía que avanzar con precaución. Ni demasiado rápido, lo que te haría tropezarte con muchas piedras hasta que te cayeras al vació; ni demasiado despacio, lo que aumentaría las posibilidades de que la lava te golpease y de que aquella luz comenzara a extinguirse para siempre.

Si algo salía mal, siempre podía decidir tirarme hacia el fuego, perder de vista ese brillo plateado, confiar en que el cuarzo no se fundiese y adelantar mi visita a la sala de claridad misteriosa.

Pisé fuertemente el suelo dos veces. Sí, tenía los pies sobre la tierra. Sí, tenía el guijarro apretado en mi puño.

- Adelante.

Bastaba que uno de los dos lados de la pasarela se rompiese para caer. Él lo sabía.

1 impresiones.:

LOLA | 27 de noviembre de 2008, 22:34

''Nunca hay que andar de puntillas''
Alguien llamado Bruno Brusini me lo dijo una vez :) me encanta.